Me pinté las uñas y corté los frenos. Todo se sentía bien mientras subía la velocidad. El viento en mis cabellos y el aroma de los árboles y de la tierra empapada. Me pediste que me tranquilizara y no te escuché. Estaba cegada por la anticipada victoria y todo parecía tan fácil, que ni siquiera te oí en tus momentos de alarma. El dolor fue tal que ni la lluvia de tres días consiguió lavar mis heridas. Pero él siempre tuvo la respuesta. Con los ojos apretados y la lengua vuelta cuchillas saqué los guijarros y la sangre calmó y ya no me sentía desfallecer. Los días son menos grises. Ya casi no quema.
sábado 26 de junio de 2010
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